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HISTORIAS DE POR ACÁ

Crónicas de una Mendoza futura: 4. El silencio

Mientras el sistema se esfuerza por llenar cada segundo con mensajes de eficiencia, una inesperada ausencia de sonido revela que el silencio también puede convertirse en una forma de resistencia

capitulo 4: Historias de por acá

Trabajo en el subsuelo 4 del Nodo de Difusión Este, construido donde décadas atrás funcionó la Terminal de Ómnibus de Mendoza. Mi tarea consiste en supervisar el funcionamiento de los parlantes ambientales del sector de tránsito subterráneo. El sistema transmite información útil las veinticuatro horas del día y mi obligación es asegurarme de que no existan interrupciones.

Las interrupciones generan pensamientos improductivos. Eso nos enseñaron.

Cada mañana recorro el túnel secundario, un corredor largo y blanco por donde miles de personas viajan hacia los centros de productividad. Sobre nuestras cabezas todavía corre la Costanera, aunque hace años que nadie la cruza caminando. Nadie habla. Solo se escucha la voz del sistema.

—Dormir más de seis horas disminuye la eficiencia.

—El pensamiento retrospectivo altera la adaptación social.

—Las emociones persistentes afectan el rendimiento.

Nunca tuve problemas con el Régimen.

Trabajo.

Duermo.

Cumplo.

Sin embargo, hace unos meses ocurrió algo. Uno de los módulos del túnel dejó de emitir sonido durante unos segundos. Nada grave. Una falla común.

Esperé la alarma técnica, pero la alarma no sonó. Entonces escuché el túnel. Pasos. Respiraciones. Una tos lejana. El zumbido de las luces. El roce de la ropa. Y, muy tenue, el murmullo del agua corriendo por una vieja acequia que todavía sobrevive junto a la Costanera.

Duró apenas quince segundos. Después la voz regresó.

—Optimizar el descanso mejora la capacidad operativa.

Continué trabajando, pero esa noche seguí pensando en aquellos quince segundos.

Al día siguiente desconecté el módulo voluntariamente. Solo quince segundos. Escuché el túnel. Y sentí algo extraño. Como si el espacio se hubiera vuelto más grande.

A partir de entonces empecé a hacerlo todos los días. Se convirtió en un ritual. Esperaba esos quince segundos. Los necesitaba.

Después comencé a notar cosas que antes no veía. Dedos golpeando contra las piernas. Personas moviendo los labios. Miradas cansadas. Respiraciones nerviosas.

Comprendí que el sonido constante ocultaba mucho más que el silencio. Ocultaba a las personas. Eso me asustó. Intenté dejar el hábito.

Durante dos días no desconecté el módulo, pero el túnel me pareció insoportable. La voz sonaba demasiado fuerte. Demasiado constante.

Entonces escuché algo nuevo. Un silbido. Muy breve. Tres notas. Después, silencio. Miré alrededor.

Un anciano avanzaba lentamente sobre la cinta transportadora. Llevaba las manos cruzadas detrás de la espalda y silbaba despacio.

Cuando pasó frente a mí levantó apenas la vista y sonrió.

No era una sonrisa correcta. Ya conocía esa clase de sonrisa.

Esa noche soñé con el túnel completamente vacío. Sin voces. Sin mensajes. Solo pasos.

Mis pasos.

A la mañana siguiente recibimos el comunicado oficial.

—Actualización exitosa del Sistema Integral de Difusión. Desde mañana, la automatización total garantizará continuidad sonora permanente.

Los técnicos fuimos reasignados. A mí me enviaron al Archivo de Estabilidad. Un lugar pequeño y silencioso. Demasiado silencioso.

Al tercer día descubrí que golpeaba los dedos contra la mesa.

Tac.

Tac tac.

Me detuve enseguida. Pero el sonido siguió dentro de mi cabeza. Esa tarde regresé al túnel secundario. No tenía autorización para estar allí.

Caminé hasta el módulo 17. Las conexiones habían sido selladas. Ya no era posible apagarlo.

Entonces ocurrió.

No sé si fue una falla. No sé si alguien intervino el sistema.

Pero, durante un instante, todos los parlantes del túnel se apagaron.

Todos.

El corredor entero quedó vacío de voces. El silencio apareció de golpe. Inmenso. Humano.

Las personas levantaron la cabeza. Un niño soltó una risa. Alguien suspiró. Y desde algún lugar lejano volvió a escucharse el silbido.

Tres notas. Siempre las mismas. Después los parlantes regresaron.

—Incidente técnico controlado.

La gente bajó la vista y siguió avanzando.

Afuera, el Zonda comenzaba a empujar polvo contra los viejos plátanos de la Alameda, aunque nadie parecía escucharlos.

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