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HISTORIAS DE POR ACÁ

Los obreros de “las 20 cuadras”, memoria de un oficio que sostuvo los caminos

Durante décadas, los troceros y camineros mantuvieron a mano los caminos de tierra en Mendoza. Entre cunetas, mates y tramos conocidos como “las 20 cuadras”, construyeron un oficio que combinó trabajo manual, presencia cotidiana en los barrios y una cultura propia dentro de Vialidad.

Las 20 cuadras. oficio de regar y cuidar las calles

“Usté va a pensar que este trabajo es sacrificado, pero no es tan así. Antes, cuando no había máquinas ni tantos camiones, era mucho más sufrido. Los caminos se mantenían a mano. Era la época de los troceros”, empezó a contar el obrero vial.
La escena remite a una Mendoza sin asfalto extendido ni maquinaria en serie. A calles de tierra que exigían riego diario para que el polvo no se levantara y a cunetas que corrían paralelas a los caminos. Allí trabajaba el trocero, figura habitual en barrios y distritos, encargado de un tramo fijo al que debía mantener en condiciones.
Isauro Villegas contó hace un tiempo: “Ingresé en agosto del 82. Yo vivía en la zona de Montecaseros y yo alcancé a regar a mano, con el mate. Era un trabajo totalmente manual y cada empleado de Vialidad se fabricaba su propia herramienta: un tarro de boca ancha en donde se atravesaba un palo largo, en diagonal, a modo de mango”.
El procedimiento era simple y repetido cientos de veces cada jornada. El trocero metía el tarro en la cuneta, sacaba agua y la arrojaba sobre la calle en un solo movimiento. Así iba avanzando por el tramo asignado. “Se lo llamaba trocero porque el empleado tenía a su cargo un trozo de la calle para regar y mantener. No me acuerdo bien cuántos metros serían los que se debía cuidar. Por ejemplo: en la calle Santa Rita había tres troceros y esa calle va de la hijuela Anzorena hasta el carril Zapata. Antes el tramo a cuidar se lo llamaba 'las 20 cuadras', pero eran muchas más”.
El sistema tenía reglas propias. El trocero vivía cerca de su puesto y rara vez se acercaba a la seccional. “No existía eso de marcar tarjeta o tener que firmar el ingreso o el egreso. Cada uno se encargaba de cuidar y regar su trozo y todos los días pasaba el capataz para marcarle el día y que tuviera su parte trabajada”, recordaba Villegas. La supervisión era directa y cotidiana.
Entre los trabajadores se generaba una competencia silenciosa. “Además había una especie de competencia entre troceros y todos se esmeraban para tener su cuneta limpiecita y su trozo bien cuidado”. El estado del tramo era también una carta de presentación ante los vecinos.
En distintas zonas, no solo en Mendoza sino en otras provincias, al trocero se lo conocía como “caminero”. El oficio consistía en mantener, a pala, zapa y pico, varios kilómetros de camino, casi siempre próximos al lugar de residencia del obrero. La palabra y la función son anteriores a la experiencia local.
La figura del peón caminero fue creada por Fernando VI, rey de España, en 1759. A cada uno se le asignaba una legua de carretera. Percibía cinco reales diarios y disponía de vivienda, ubicada junto al camino y a mitad de la legua que debía conservar. Sus tareas incluían tapar baches, emparejar lomos y reducir los “serruchos” que se forman en los caminos de tierra o ripio. Antes debía cubrir las huellas profundas de carretas y carruajes; después, las zanjas que dejaban los primeros camiones sobre el terreno blando.
Caminero y trocero compartieron funciones. La diferencia, con acento cuyano, estaba en el riego con el mate. “El trocero conocía a todos los frentistas y saludaba a cada uno todas las mañanas. De allí viene el dicho: Saludador como empleado de Vialidad. Ese trabajador era todo un personaje en el lugar”, contaba Villegas. La rutina diaria lo volvía parte del paisaje y de la vida social de cada cuadra.
Otro empleado antiguo agregó una anécdota que circulaba entre compañeros: “Y también el trocero se encariñaba con algunas vecinas. Las malas lenguas dicen que no había camino mejor regado que la calle Mendoza”. Las bromas formaban parte del oficio tanto como la pala.
Hace tres o cuatro décadas, antes de que la maquinaria vial se volviera habitual, la reparación y el mantenimiento dependían casi por completo del trabajo manual. “Era un buen trabajo. Duro pero bueno. Era un sueldo fijo y durante todo el año. Por eso ingresar a Vialidad era todo un beneficio”, resumía Villegas. La estabilidad explicaba el interés por un puesto que, aunque exigente, ofrecía continuidad.
Los obreros se reunían de manera formal una vez al mes, el día de pago. “Ese día bajaba toda la gente. Los que veníamos de lejos teníamos que madrugar para llegar y después costaba un poco volver”, decía. La jornada se extendía más allá del trámite administrativo. Había asado, partidas de truco y largas conversaciones.
Omar Pizarro evocó uno de esos encuentros: “Venían todos y era un momento propicio para las bromas. Me acuerdo que por ese entonces teníamos un camioncito Ford naftero modelo 70. El día de pago esto era una romería de viejos empleados y alguien les dijo que el Forcito no arrancaba y había que pecharlo. Al volante se subió uno y el resto comenzó a empujar. Lo llevaron por estas calles, que eran todas de tierra, hasta la avenida Mitre. Como no arrancaba a alguien se le ocurre levantar el capot y ¡no tenía el motor!”.
Entre cunetas, mates y empujones sin motor, los troceros sostuvieron durante décadas una red de caminos que hoy casi no conserva huellas de aquel trabajo. Queda el recuerdo de “las 20 cuadras”, un modo de organización y un oficio que marcó a quienes lo ejercieron y a los barrios que recorrían cada mañana.

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