Qué cosas se recuerdan en estos días fríos
Leña seca, de 30 centímetros, que entre en la cocina a leña. Picada de un tamaño moderado, como para que arda bien pero que no se consuma muy rápido. Leña seca, no verde. Leña seca, no húmeda. Al menos ese es el deseo, por más que a veces sean unos palos verdes y mojados que costará que ardan y serán más humo que fuego.
Cortar leña y dejarla preparada para los días fríos, fríos como este domingo de finales de julio, para sentir esa sensación ancestral de proveedor, de previsor, de seguridad, de que todo estará bien mientras se empiezan a ver los nubarrones que se acercan.
Siempre deseaba que lo que estuviera por llegar fuera una nieve seca, en polvo, suficiente. Que hubiera leña cortada debajo de los aleros de todas las casas y que estuviera picada, seca, que fuera bastante.
Y que hubiera bolsas de nylon para tirarse en las barrancas y una palangana con agua caliente para los pies morados de frío. Que solo hubiera que caminar por gusto, pero que no fuera necesario caminar obligado. Que hubiera guerras de bolas de nieve, de risa y sin llantos. Que no hubiera casas sin harina, levadura y grasa. Que no hubiera nadie sin casa. Que fuera, al menos una vez, una nevada justa.
Aprendí de niño a usar el hacha, a cortar leña y esos gestos quedaron en la memoria motora. Entonces, cortar leña es igual que lavarme los dientes. Pero, debo reconocerlo, nunca fui tan hábil como algunos de mis amigos de la infancia. Ellos tenían madres que cortaban leña con la misma solvencia con la que freían un huevo.
Entonces, casi sin esfuerzo y por más que el hacha pareciera superarlos en peso y tamaño, esos niños eran capaces de picar leña y llenar el espacio debajo de los aleros con total tranquilidad. Es cierto, nadie se ponía a picar leña por gusto. Debía haber una orden previa, firme y áspera, hasta seguida de alguna amenaza.
El hacha, la leña, han estado siempre relacionadas con mi vida y la marcaron irremediablemente.
Me pasa lo mismo cuando llueve. Cuando se desploma algún aguacero impiadoso. Entonces, el cuerpo recuerda instintivamente. El lomo se arquea, la cabeza se agacha y los ojos miran los pies. El cuerpo tiene memoria. Aprendió esa postura hace mucho, aún niño, cuando las mañanas frías de gotas gordas, casi copos. Sobre la espalda una lona de campamento que mi padre insistía en ponerme, enfrentando su ternura con mi vergüenza.
O aquellas gotas gordas de la adolescencia, que caían de frente y no de arriba y reventaban en la cara, mientras corría por la ruta sin mucha lógica, pero corría. Igual a aquellas, también en la ruta, mientras hacía dedo para llegar a alguna parte. Así el cuerpo recuerda, cuando llueve. Como aquella vez, enterrados en el barro hasta la rodilla, tratando de empujar el Rastrojero que se había encajado hasta los ejes.
O aquella otra en medio de la ciudad, sabiendo que ese traje tan barato ya no sería el mismo después. También la lluvia en pleno invierno, en el mar. No existe lluvia más fría y violenta como la del mar, cuando la piel arde, quema, duele.
O aquellas, muchas más, cortando leña a hachazos en plena noche en medio del mallín, pensando cómo hacer después para que arda rápido en la cocina a leña y caliente la casa en donde está mi niñita de 2 años y su madre, tiritando.
O aquella, cuando caminaba sin rumbo y sin saber dónde estaba su destino y el agua era solo una extensión del alma.
Así, cada vez que llueve y se cae el cielo. El lomo arqueado, las cejas chorreando, el barro hasta los tobillos. El cuerpo tiene memoria. Y todavía cree que llegará al hogar, alguna vez. Que verá llover desde la ventana empañada, que habrá una luz tenue y cálida. La leña seca debajo del alero. Un fuego. Aroma a tostadas.
Seguramente el hogar debe oler a tostadas.