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HISTORIAS DE POR ACÁ

Rodeo del Medio y la crónica de un escándalo olvidado

Un hogar para madres solteras generó una feroz polémica en Rodeo del Medio durante los años 80. Décadas después, un encuentro casual reveló que detrás de los prejuicios y las condenas morales había historias humanas que el pueblo prefirió no mirar.

lupanar

Hay historias que permanecen dormidas durante años. No desaparecen. Simplemente esperan. A veces resurgen por una fotografía, una canción o una conversación inesperada. Otras veces vuelven a través de una mirada. Esta es una de esas historias.

En los años ochenta, Rodeo del Medio discutió con pasión un tema que hoy parecería extraño: la instalación de un hogar municipal para madres solteras en la antigua casona de la viuda Bombal. Sin embargo, por aquellos días, el asunto ocupaba conversaciones, reuniones y sobremesas. Había quienes veían en ese lugar una obra social necesaria. Otros, en cambio, lo consideraban una amenaza.

Las discusiones eran tan intensas que terminaban revelando más sobre quienes juzgaban que sobre las jóvenes que pretendían proteger.

El escándalo del pueblo

Luis había nacido en Rodeo del Medio, pero ya llevaba algunos años viviendo en Buenos Aires cuando regresó de vacaciones a mediados de los ochenta. Al llegar descubrió que todo el pueblo hablaba de lo mismo.

“Era el tema del momento y generaba la indignación de las vecinas en los almacenes y las peluquerías y de los hombres santos en el centro parroquial”, recuerda.

Las críticas eran constantes. Se hablaba de corrupción moral, de peligros para la juventud y de enfermedades. Los rumores crecían más rápido que los hechos.

“Cuántas estupideces escuché por esos días: degeneración, corrupción, enfermedades venéreas, peligro para nuestros hijos... Recuerdo que busqué en el diccionario la palabra 'lupanar', repetida hasta el hartazgo por el cabecilla de la Acción Católica”.

La palabra quedó instalada. Lupanar.

Como si detrás de aquellas paredes no hubiera adolescentes embarazadas y mujeres solas, sino un foco de perversión dispuesto a contaminar al resto de la comunidad.

Detrás de la verja

Meses más tarde, durante unas vacaciones de invierno, Luis pasó frente a la casona.

El edificio seguía mostrando señales de abandono, aunque el jardín lucía más cuidado. Allí vio algo que terminaría acompañándolo durante décadas.

En un rincón donde apenas se filtraba el sol de julio estaban sentadas tres jóvenes. “Diría que eran niñas”, cuenta. Una parecía acercarse a los veinte años. Las otras difícilmente superaban los quince. La más pequeña intentaba ocultar con un sobretodo una panza enorme, de embarazo avanzado. Luis todavía recuerda aquella imagen.

“Me quedó grabada su mirada huraña, entre tímida y resentida, separada del pueblo por una verja y aislada por el desprecio y rechazo de la gente”.

No había escándalo. No había inmoralidad. No había nada parecido a las fantasías que circulaban por el pueblo. Solo había chicas asustadas.

La victoria de los puros

El tiempo siguió su marcha. Luis regresó a Buenos Aires. El hogar continuó funcionando durante un tiempo más hasta que finalmente cerró. La presión social había resultado demasiado fuerte.

Con ironía, el enólogo resume hoy aquel desenlace:

“Triunfó la gesta heroica e inmaculada de la gente bien y las vecinas y los hombres santos evitaron que el pueblo se transformara en la bíblica Babilonia”.

La historia parecía terminada. Pero apenas estaba tomando impulso.

Veinte años después

En el otoño de 2007, casi dos décadas más tarde, Luis viajó a una ciudad del noroeste bonaerense para dictar un curso sobre vinos. La actividad concluyó con una cena en una vinoteca frente a la plaza principal del pueblo.

Era un paisaje familiar para cualquiera que haya recorrido el interior argentino: la iglesia en un costado, la municipalidad enfrente, el Banco Nación sobre una de las esquinas y el club social completando el cuadro.

Entre plato y plato, Luis fue recorriendo las mesas para conversar con los asistentes. En una de ellas había un matrimonio mayor acompañado por una joven de unos veinte años.

El hombre era un médico muy querido en la comunidad. Presentó a su esposa y a la muchacha, que no era su nieta, como Luis había supuesto, sino su hija.

La charla transcurría con cordialidad hasta que surgió la pregunta habitual:

—¿De qué parte de Mendoza sos?

Luis respondió con naturalidad.

—De Rodeo del Medio.

Y entonces ocurrió algo extraño.

El silencio

Las sonrisas desaparecieron. Las miradas comenzaron a esquivarse. La conversación perdió espontaneidad.

El médico intentó continuar hablando de vinos, de la iglesia del pueblo mendocino y de los productos de Don Bosco, pero algo había cambiado. Luis no entendía qué había pasado.

La cena continuó y el episodio parecía destinado al olvido. Sin embargo, había un detalle que no podía sacarse de la cabeza: los ojos húmedos y tristes de la joven.

Poco antes de retirarse, el médico se acercó a él. Entonces llegó la explicación.

La hija

“Te pido disculpas por lo de hace un rato”, le dijo. Y enseguida agregó la frase que terminó uniendo las dos historias separadas por veinte años.

“Nuestra hija es adoptiva, y lo único que sabe de su mamá biológica es que cuando la dio a luz estaba en un hogar para madres solteras en Rodeo del Medio”.

De repente, la imagen de aquella adolescente escondiendo su embarazo detrás de un sobretodo volvió con toda su fuerza. Quizás había sido ella. Quizás otra de las jóvenes que vivían allí. Quizás alguna muchacha que Luis nunca llegó a ver.

Ya no importaba. Lo importante era comprender que detrás de aquella polémica que dividió al pueblo había personas reales. Chicas que cargaban con el peso de un embarazo precoz, con el rechazo social y con un futuro incierto. Y que, mientras muchos discutían sobre moralidad, algunas de ellas estaban dando origen a nuevas vidas.

Lo que quedó

La vieja casona ya no ocupa las conversaciones del pueblo. Los protagonistas envejecieron. Muchos de quienes protagonizaron aquellas discusiones ya no están. Sin embargo, la historia conserva una vigencia incómoda.

Porque obliga a preguntarse quiénes eran realmente los compasivos y quiénes los crueles. Los que se proclamaban guardianes de la moral vieron un lupanar donde había jóvenes vulnerables. Los vecinos comunes, sin discursos grandilocuentes ni pretensiones de santidad, muchas veces fueron los únicos capaces de reconocer el sufrimiento detrás del escándalo.

Quizás por eso, décadas después, no es el recuerdo de las protestas lo que permanece. Lo que sigue vivo es la mirada de aquella adolescente detrás de la verja. Y la certeza de que, en algún lugar de la Argentina, una hija nacida en aquel hogar siguió adelante con su vida, llevando consigo una historia que un pueblo entero prefirió olvidar.

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