Ha pasado el tiempo. Mucho tiempo. El tiempo y las cosas. Para escribirte busqué tu imagen. Quise verla otra vez, tener fresca tu cara.
Busqué tus fotos. Esas que ahora circulan por Internet, ese fenómeno al que seguramente le habrías sacado provecho. Siempre te las arreglaste para difundir ideas con lo que hubiera a mano.
Basta recordar lo que escribiste cuando creaste la Agencia Clandestina de Noticias, en plena dictadura: “Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información”.
Busqué tu imagen y aparecieron muchas. Casi siempre con esos lentes cuadrados. Frente a una máquina de escribir. Casi nunca mirando a la cámara, como indica el manual del reportero gráfico.
A veces con saco y corbata desacomodada. Con la frente amplia que ya anunciaba la calvicie que vendría. Tendrías que haberte quedado pelado, Rodolfo (Walsh). Pero te llevaron recién cumplidos los cincuenta y aquella calva fue apenas una premonición.
Entre todas las fotos me quedo con una. La camisa de mangas cortas, abierta. El sol sobre el costado derecho del rostro. Una media sonrisa, apenas una mueca.
Estás en la orilla de algo. Tal vez un río. Tal vez el mar. Pero seguramente un río. Porque te gustaban el agua y las riberas. Por eso escribiste Juan se iba por el río, ese cuento. El primero de otros que nunca llegaron. La Armada se los llevó de tu casa de San Vicente el mismo día que te hizo desaparecer a vos. Y, como a vos, nunca volvieron.

Esa foto me gusta porque se te ve simplemente hombre. Te imaginé escribiendo algunas de tus cartas. Tres, exactamente. La Olympia portátil sobre una mesa de madera angosta. Sé que llevabas varias copias de la última esa siesta del 25 de marzo de 1977.
Era viernes. Cerca de las cuatro de la tarde. Habías estado en la esquina de San Juan y Entre Ríos y caminabas hacia Combate de los Pozos. Llevabas un pantalón marrón, una guayabera beige, zapatos livianos y un sombrero de paja. Hacía calor para el comienzo del otoño. En la mano, un maletín negro. Adentro, las copias de la carta. También una pistola calibre 22, una Walther PPK que acomodabas detrás de la hebilla del cinturón.
Las copias ya estaban ensobradas. Muchas habían salido rumbo a redacciones, corresponsalías y embajadas. Otras todavía estaban en el maletín. Te quedaba la tarde para entregar las últimas. Dicen que esa cita fue una emboscada. Habías dedicado tres meses a escribir la carta. La escribiste con el oficio del periodista y con algo más.
La opinión de Gabriel García Márquez
Años después, Gabriel García Márquez diría de vos que tenías “una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por confrontación descarnada con la realidad”. Pero además del oficio estaban las tripas.
Lo dijiste desde el comienzo: “La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años”.
Después escribiste: “El primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades”.
Más adelante enumeraste: “Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror”. Sabías lo que hacías. Sabías que te jugabas la vida.
En el cierre lo dejaste escrito: “Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”.
A veces me pregunto cómo hiciste. Cómo se resigna una vida posible —un río, una mesa, el sol— para caminar hacia Combate de los Pozos con un maletín negro sabiendo que podía ser lo último.
“Caer o no, a esta altura es una cuestión de azar”, le dijiste a un amigo poco antes. También le contaste que estabas feliz porque habías vuelto a escribir literatura. Juan se iba por el río era tu alegría. “Hacía cuatro años que no publicaba. He vuelto a escribir, a ser Rodolfo Walsh”, dijiste. Pienso si esa tarde pensabas en María Victoria.
La carta de septiembre de 1976
“Querida Vicky: la noticia de tu muerte me llegó hoy a las tres de la tarde. Estábamos en una reunión cuando empezaron a transmitir el comunicado. Escuché tu nombre, mal pronunciado, y tardé un segundo en asimilarlo. Maquinalmente empecé a santiguarme como cuando era chico. No terminé con ese gesto. El mundo estuvo parado ese segundo”.
“No podré despedirte, vos sabés por qué. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te celebro”.
Esa carta no la escribió el periodista en la Olympia.
La escribió el hombre.
Tres meses después escribiste otra, a tus amigos, para contar cómo había muerto Vicky. Dolorosa, pero también orgullosa.
“Vicky pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado”.
Tus amigos hicieron lo que pediste.
Las cartas circularon.
La Carta abierta de un escritor a la Junta Militar tardó algunos días en difundirse. El único medio que la publicó entonces fue el diario El Nacional, de Caracas, en el suplemento Papel Literario. Fue el 24 de abril de 1977.
“La carta que mató a Rodolfo Walsh”, titularon.
Qué pensabas esa siesta del 25 de marzo de 1977
¿Qué pensabas cuando el Grupo de Tareas 3.3 de la ESMA, comandado por Alfredo Astiz y Jorge “Tigre” Acosta, te emboscó en el barrio de San Cristóbal?
Dicen que intentaron tacklearte y no pudieron. Que lograste refugiarte detrás de un árbol. Que sacaste la .22 y disparaste al menos una vez. Después te acribillaron.
Algunos detenidos contaron que te vieron llegar a la ESMA, malherido o muerto. Otros dijeron que tu cuerpo fue llevado al campo de deportes “Ernesto del Monte”, de la Armada, y quemado.
Hoy algunos te recuerdan como militante. Otros como periodista. Muchos como escritor. Busqué tus fotos para escribirte. Quería ver al hombre detrás del símbolo. Encontré una. La camisa de mangas cortas abierta. El sol sobre el rostro. A la orilla de un río. Vivo. Con media sonrisa.



