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Historias de por acá

Una pequeña historia de trenes que ahora no volverán

Los trenes no solo han sido un medio de transporte, también fueron parte trascendental de la vida misma de los pueblos y de sus habitantes, generadores de historias entrañables que no se olvidan. El sueño del tren de pasajeros a Mendoza parece haber quedado trunco, pero sus historias seguirán vivas en la memoria.

El último tren a Palmira

Era la primera mitad de la década del 50. Los trenes eran las venas del país y Palmira era un pueblo próspero. Había hombres de todo el país que venían a trabajar allí, especialmente a los talleres que eran, junto con los de Junín (Buenos Aires), los más importantes del país para el mantenimiento de los motores diésel. Algunos venían por un tiempo y otros definitivamente. Los primeros venían solos y dejaban sus familias lejos.

Las sedes de la Unión Ferroviaria y La Fraternidad, los sindicatos ferroviarios, concentraban gran parte de la actividad política de Palmira. La de la Unión Ferroviaria, muy cerca de la estación y sobre la Avenida Alem, era especialmente concurrida. Cierto día, un invierno, uno de estos ferroviarios foráneos y solitarios murió de alguna peste que ya nadie puede recordar ni definir con certeza. Los de la Unión Ferroviaria decidieron hacerle un velorio respetuoso en el salón principal de la sede sindical. Salvo los pocos hombres de la comisión, no había nadie allí y el féretro, en el mismo centro de la sala, se veía más solo aún.

Además de los trabajadores que llegaban desde lejos a Palmira, también aparecían crotos y linyeras, que venían en los vagones de carga. Hombres sin futuro y con un pasado que ya casi habían olvidado y que elegían vagar por el país, utilizando el tren como transporte y terminando siendo parte del paisaje de vías y durmientes. Uno de ellos pasó ese mediodía por la Unión Ferroviaria y, encontrando abrigado el lugar, pidió permiso para dormir un rato en un banco que estaba sobre un costado. A nadie se le negaba refugio allí. El croto se acostó y se quedó profundamente dormido al instante.

Entretanto, el puñado de sindicalistas, aburridos y hambrientos, decidieron juntar unos pesos y hacer un asado en el patio del fondo. El más joven fue el encargado de ir a comprar a la carnicería de Camilo. Allí fue cuando surgió la idea. Los muchachos despertaron al linyera, sacaron el cuerpo del cajón e hicieron el enroque: el linyera al féretro y el finado al banco del linyera. El joven que había salido a comprar la carne, regresó de la carnicería, satisfecho de haber cumplido el encargo. Cuando pasó junto al féretro, el linyera se levantó y quedó sentado en el féretro. Los sindicalistas, entre carcajadas, vieron cómo el muchacho salía gritando y corriendo, despavorido. La desesperación hizo que se tropezara y cayera unos metros más adelante. La mala fortuna hizo que se golpeara en el cráneo. Quedó inconsciente. Debieron trasladarlo de urgencia a la Clínica Ferroviaria y, después, derivarlo a un hospital en Mendoza. “La verdad es que no recuerdo qué ocurrió con él. Creo que murió”, recordó hace un tiempo Omar Abdo, hijo de Manuel, uno de los que finalmente comieron el asado esa noche.

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