Con Rubén Olivares teníamos vidas espejo. Eso decíamos. Él era de la mendocina San Martín y se había ido a vivir a Bariloche. Yo había venido de Bariloche a San Martín. Yo saludaba a sus amigos y caminaba sus calles y él hacía lo mismo con mis afectos y mis lugares.
Nos reímos la última vez que hablamos, porque yo me había mudado a una calle que se llamaba como él, casi
seguro que porque aquí habían vivido antepasados suyos. Esta semana, un día de invierno, Rubén decidió partir. Lo decidió así, porque era un hombre de palabra.
Yo aún estoy aquí, pensado qué debo hacer ahora. Mientras lo pienso, recordé una historia que me contó él y que quiero contra a modo de modesto homenaje. Fue historia que supo contarse en bares y en fogones de San Martín. Le perteneció a Ignacio Olivares, un hombre hablador y de imaginación fértil, de principios del siglo XX, que era tío abuelo de Rubén.
Una imaginación generosa
Don Ignacio Olivares tenía una imaginación generosa y gran facilidad de palabra, una combinación ideal para contar historias. A fines del siglo XIX ya era un hombre adulto, vecino del departamento de San Martín. Era nieto de mendocinos, pero todavía se notaba que su sangre era mitad aborigen y mitad española.
Esa mezcla le daba a su decir un color especial, como el de todo mestizo de aquellos tiempos. Un modo que se fue perdiendo de a poco y que hoy es casi imposible de reconstruir. Por fortuna queda gente memoriosa y este relato de don Ignacio fue rescatado del olvido por uno de sus sobrinos nietos, Luis Rubén Olivares, también nacido en San Martín y que se había ido a la Patagonia hace ya bastante tiempo.
Ignacio Olivares aprendió a leer y escribir a través de sus hermanos mayores, como era costumbre en esa época. Y la lectura se transformó en hábito. “Vaya a saber que leía el viejo en aquella época que le estimulaba la imaginación. Sé que tenía muchos libros”, recordó Rubén en una charla que tuvimos.
Vivía al Este de lo que es actualmente la ciudad de San Martín. “Los domingos caminaba varios kilómetros, vestido con su traje y sombrero gris, para ir hasta el pueblo a leer el diario y contar alguna historia en el bar de la terminal, (que por ese entonces estaba en el cruce de Balcarce y Sarmiento) o en la casa de algún amigo o pariente”, me contó su sobrino nieto. “Para contar una historia podía estar horas, ya que si alguien le preguntaba algún detalle, explicarlo era otra historia en sí misma”.
El presente relato fue repetido muchas veces entre amigos y familiares, tanto que perduró en la memoria de quienes lo escucharon y así llegó a oídos de su sobrino nieto, sazonado posiblemente con detalles que no poseía en su origen. Don Ignacio tenía una perra. La Laica no era una choca cualquiera. Había llegado sola a la casa, ya adulta. Por su comportamiento, el hombre se dio cuenta con el tiempo que era un bicho muy inteligente, feroz y, según contaba su dueño, “tenía siete hileras de dientes, como los tiburones”.
Rubén me dijo que “la Laica no tuvo ni tendrá par, no hubo ni habrá otra que se le asemeje. Fue incomparable en fiereza, inteligencia y fidelidad. Si Don Ignacio pensaba a la noche en voz alta ´Mañana me comería una liebre en estofao´ a la mañana siguiente la Laica le tenía la liebre al borde del fogón”.
El viejo Olivares contaba que cierta vez se organizó en San Martín el “Campeonato Mundial de Cacería de Vizcachas”. El territorio en donde se desarrollaría fue fijado entre Ingeniero Giagnoni y Alto Verde. El torneo fue un éxito de convocatoria.
“Vinieron representantes de todo el mundo”
“Vinieron representaciones de todo el mundo”, aseguraba el hombre, a quien le había llamado especialmente la atención el equipo que había llegado de Inglaterra. En este punto a Don Ignacio le gustaba abundar en detalles.
Posiblemente inspirado en la ilustración de algunos de sus libros, contaba que los ingleses vestían chaquetillas rojas, pantalones blancos ajustados y llevaban puestos una especie de casquetes negros. Sus caballos eran estilizados y tenían perros rapidísimos y buenos rastreadores.
“Mi tío abuelo decía que fue invitado a participar del torneo casi por obligación, por ser ciudadano ilustre de la zona”, recordó Rubén. “Decía que recibió a la comitiva en su rancho y que compartió unos mates con ellos, mientras la Laica estaba echada a su lado. Y aseguraba que decidió desistir del honor de participar, porque al ser local y gran conocedor de la zona y todos sus secretos, corría con ventaja y no quería sacar provecho de ella”.
El día de la competencia, Don Ignacio se quedó en su casa, cumpliendo con sus trabajos de rutina. Almorzó y se acostó dormir una buena siesta. “Estaba cansado, porque la noche anterior había tenido que solucionar un problema con unos pumas que andaban merodeando la zona”.
Cuando se despertó estaba oscuro. “¿Cómo puede ser?”, se preguntó Don Ignacio, si sus siestas duraban apenas media hora, tiempo suficiente como para que él “quedara como nuevo”. Era imposible que hubiera dormido toda la tarde. Sin embargo, la casa estaba en penumbras. Por la única ventana que daba al oeste no entraba ni un rayo de luz. A tientas Don Ignacio fue hasta la puerta del rancho y la abrió. El sol radiante de las 2 de la tarde lo deslumbró.Ç
“Tiene que haber algo en la ventana que está tapando el sol”, pensó. Dio la vuelta al rancho. Fue entonces cuando vio a la Laica que le movía el rabo y, junto a ella y tapando la ventana, una pila de vizcachas que llegaba hasta el techo. La choca había adivinado la frustración de su amo por no poder participar en el torneo y ella sola había resuelto competir contra el resto del mundo.
“La Laica fue descalificada por no estar anotada oficialmente y no formar parte de ningún equipo. Sin embargo, Don Ignacio recibió una mención especial”, recordó Luis Rubén Olivares. La leyenda dice que los campeones fueron los ingleses, aunque hay quien afirma que ganaron los turcos.
Rubén se fue esta semana. Por suerte, antes me contó algunas historias que permiten recordarlo.



