La trenza de Marta
Durante treinta años, Marta vivió lejos de su pueblo gitano, en una casa perdida entre las montañas. Su trenza fue el único lazo que nunca se rompió.
Redacción de Diario Mendoza
Durante treinta años, Marta vivió lejos de su pueblo gitano, en una casa perdida entre las montañas. Su trenza fue el único lazo que nunca se rompió.
Sobre el arte de habitar el recuerdo, donde la vejez y la nostalgia borran las cicatrices del pasado para devolvernos la mejor versión de quienes amamos.
El 8 de enero de 1931, bajo la Ley Marcial impuesta tras el golpe de Estado de 1930, Pedro Icazzatti fue condenado por un Consejo de Guerra y fusilado en la penitenciaría. Tenía 23 años. Es el único caso en que la pena capital se aplicó y se cumplió en la provincia.
Durante décadas, los troceros y camineros mantuvieron a mano los caminos de tierra en Mendoza. Entre cunetas, mates y tramos conocidos como “las 20 cuadras”, construyeron un oficio que combinó trabajo manual, presencia cotidiana en los barrios y una cultura propia dentro de Vialidad.
Un auto averiado, una ruta secundaria y un encuentro inesperado con dos empleados de Vialidad abrieron la puerta a una conversación sobre oficios, caminos y una forma de trabajo que todavía resiste.
Desde la ruta, desde el tren, desde la infancia, la idea de hogar siempre tuvo la forma de una ventana encendida.
Un techo sin barandas ni virtudes aparentes se vuelve, de noche, un refugio contra el ruido de la ciudad y un puente inesperado hacia otros cielos, otros tiempos y una forma íntima de estar a solas.
Una singular historia íntima sobre dormir acompañado, dormir solo y aprender a habitar la noche.
Hace años apareció en casa un objeto inexplicable, inútil y extraordinario: un cosito auténtico. Desde entonces, su presencia desconcertante y maravillosa demuestra que a veces las cosas no necesitan servir para nada para hacernos felices.
Las horas que quedan, con recuerdos cruzados y una última petición en la vigilia final de una mujer que muere esperando a sus hijos.
Una tulipa heredada, una infancia interrumpida y la certeza de que algunos objetos solo existen para sostener la memoria de quienes los guardan.
La vida de un hombre marcado por el trabajo, el silencio y una Navidad siempre esquiva, en la soledad áspera del paisaje mendocino.
Entre venganzas, explosivos ocultos y silencios que duraron décadas, Palmira guardó el secreto de un puente que pudo cambiar la historia y de un pueblo que sobrevivió a sus propias sombras.
Desde su infancia frágil hasta sus noches interminables de anécdotas, la Chona encarnó la cultura doméstica, la picardía y la sabiduría popular mendocina. Entre mates, remedios caseros y amores difíciles, dejó un legado silencioso y entrañable en el corazón de su gente.
Cada vez que hay tormenta, queda un hueco (¿despejado?) sobre la ciudad de San Martín. ¿Un vórtice mágico o apenas una falla del radar?
Corriendo entre los surcos, la memoria hizo trampa y el alma regresó al pasado. La charla con un cosechador y soldado, ex combatiente, en medio de la última cosecha.
Vivió acá nomás, en Rivadavia. Cosechó, podó, limpió los surcos como cualquiera. Un día lo mataron y otro día lo hicieron mártir y beato. Por eso es mi santito.
Gastado, viejo y rengo, el hombre era el primero que salía a vender el diario del día. Años antes había sido un próspero comerciante.
Hay paisajes que están ligados a la vida de cada uno y que condicionan la vida. Cada cual tiene su propio paisaje que, en cierta forma, quizás siempre sea el mismo.